Mar 3
Sociedad
por
Nicolas Napoleon

Como ganado, Intoxicados (2026)

“Conozco una familia cerca de mi rancho…”. La postal que pintaba Intoxicados hace más de dos décadas no envejeció: se actualizó. Cambiaron los gobiernos, las promesas, los slogans y los colores partidarios, pero la escena sigue ahí, repitiéndose en barrios populares del conurbano, en el interior profundo y en las periferias invisibles de las grandes ciudades.

Padre desocupado o subocupado. Madre que estira la olla. Hijos que preguntan qué hay para desayunar. Abuelo que cobra una mínima que ya no alcanza. Impuestos que llegan, servicios que aumentan, changas que no aparecen. Y en el medio, la sensación de que el esfuerzo nunca alcanza.

Trabajar y no progresar

Uno de los versos más crudos de la canción dice: “El que trabaja aquí nunca progresa”. La frase resuena en una Argentina donde el empleo formal retrocede, el informal crece y el salario pierde poder adquisitivo frente a una inflación persistente y un costo de vida que no da tregua.

El fenómeno no es nuevo, pero se profundiza en un contexto de ajuste fiscal, recortes del gasto público y reconfiguración del Estado. Mientras el Gobierno defiende la necesidad de “ordenar las cuentas” y “terminar con los privilegios”, en los barrios la discusión es otra: cómo llegar a fin de mes sin vender herramientas, sin endeudarse con la tarjeta, sin resignar la comida.

La dignidad del trabajo, bandera histórica de la cultura argentina, hoy se tensiona entre la meritocracia discursiva y la precarización real. No se trata solo de tener empleo, sino de que ese empleo permita vivir.

La tentación y el límite

En la letra, el protagonista confiesa: “Yo no quiero robar, yo quiero trabajar”. Es una línea que expone el dilema moral de miles. La economía en crisis no solo vacía bolsillos; también pone a prueba valores.

Cuando la desigualdad se vuelve obscena —cuando unos miran por televisión y otros pelean por lo poco que tienen— la cohesión social se resquebraja. La inseguridad deja de ser solo una estadística y pasa a ser síntoma. No se justifica el delito, pero tampoco se puede analizar aislado de un contexto donde la exclusión crece.

La pregunta incómoda es estructural: ¿qué ejemplo puede dar un padre que quiere trabajar y no consigue cómo sostener a su familia? ¿Qué narrativa compite con la frustración cotidiana?

Marchas, palos y desunión

“Encima en las marchas los cagan a palos”, dice otro fragmento. En los últimos años, las calles volvieron a ser escenario de protestas por despidos, recortes sociales y pérdida de poder adquisitivo. La respuesta estatal, en muchos casos, fue reforzar el protocolo de seguridad y endurecer el control.

La discusión pública se polariza entre “orden” y “represión”, entre “derecho a circular” y “derecho a protestar”. Mientras tanto, la fractura social se profundiza. La canción insiste: “Con desunión nos manejan como ganado”.

La metáfora es brutal pero efectiva. Una sociedad fragmentada —entre empleados y desocupados, entre sector público y privado, entre “planeros” y “contribuyentes”, entre capital e interior— es más fácil de administrar políticamente. La grieta no solo es ideológica: es económica y cultural.

El Estado, el mercado y la tierra

La letra también habla de desalojos y de tierras “que dicen que son del Estado” y que terminarán en manos de un supermercado que no dará trabajo ni fiado. La discusión sobre el rol del Estado y el mercado vuelve a estar en el centro del debate argentino.

En nombre de la eficiencia y la libertad económica, se reducen estructuras estatales y se promueve la inversión privada. Pero en los márgenes, donde el mercado no llega porque no es rentable, la ausencia estatal se siente como abandono.

La tensión no es nueva: ¿hasta dónde debe intervenir el Estado? ¿Qué pasa cuando se retira demasiado rápido de territorios donde era el único sostén?

¿Qué diferencia hay entre el ganado y vos?

La pregunta final de la canción golpea como editorial: “¿Qué diferencia entre el ganado y vos?”. No es una invitación a la victimización, sino a la reflexión colectiva.

En una democracia, la diferencia debería ser la conciencia y la participación. Pero cuando la política se percibe distante, cuando la dirigencia parece vivir en un país distinto —calles asfaltadas, hijos que siempre desayunan— la representación se debilita.

La Argentina actual enfrenta un desafío que excede a un gobierno: reconstruir un pacto social que devuelva sentido al esfuerzo, que premie el trabajo sin romantizar la explotación y que entienda que el ajuste sin red genera resentimiento.

Intoxicados no escribió un paper de economía. Escribió una canción. Pero en esa crónica barrial hay una radiografía que sigue vigente. La familia del “rancho” no es metáfora: es estadística, es vecino, es pariente.

La pregunta es si seguiremos discutiendo desde trincheras —mirándonos por televisión— o si, como plantea la letra, alguna vez “uniremos los reclamos”.

Porque si algo demuestra la historia argentina es que, cuando la desunión se vuelve norma, otros deciden el rumbo. Y entonces sí, la metáfora del ganado deja de ser canción para convertirse en destino.

lo que sigue