Feb 3
analisis
por
Nicolas Napoleon

Desde la grieta de Plutarco

Desde la grieta de Plutarco hablo.
No desde el mármol, no desde la estatua, no desde la historia ordenada. Desde la grieta. Esa fisura donde las vidas paralelas no se comparan: se chocan. Teseo y Rómulo no como personajes, sino como tensiones. Democracia y derechos. Filosofía y religión colonizadora. Pensar o creer. Preguntar o obedecer.

Plutarco no escribió para tranquilizar a nadie. Escribió para incomodar. Para mostrar que las épocas se repiten cuando el poder cambia de nombre pero no de lógica. Y yo hablo desde ahí, desde el Teseo que no aparece en los manuales. No el héroe. El ciudadano.

Hablo desde Teseo, ese que no entra al laberinto para hacer historia, sino porque no tiene opción. El que se despierta todos los días adentro. El que fue entrenado para perder el ovillo sin darse cuenta. Porque perder el ovillo no fue un accidente: fue pedagogía.

Nos acostumbraron a perder el ovillo temprano. A no volver. A no ahorrar. A no proyectar. A no construir. Nos enseñaron que guardar es egoísmo, que pensar a largo plazo es privilegio, que sobrevivir mes a mes es madurez. Y así, sin hilo, el laberinto se vuelve eterno.

El monstruo no siempre tiene la misma cara.
A veces es inflación.
A veces es dólar blue.
A veces es deuda.

Pero siempre tiene hambre.

No se come cuerpos, se come futuros. Se come la posibilidad de volver a hacer lo que en algún momento pudimos hacer. Se come la idea de casa, de tiempo, de descanso. Te corre el arco todos los días y cuando estás por llegar te dicen que el problema sos vos, que no supiste administrar, que no te adaptaste.

Mientras tanto, el rey Minos grita. Ya no susurra. Grita. Y grita libertad. “¡Viva la libertad, carajo!”, mientras los que están enredados en el laberinto chocan paredes todas las mañanas. Paredes invisibles. Paredes legales. Paredes económicas. Paredes que no se ven pero duelen.

Cada día parece fin de mes.
Y el fin de mes no es una fecha: es un estado de ánimo.

Vivimos contando. Contando monedas, contando días, contando intereses. Nunca contando sueños. Porque soñar en un laberinto sin ovillo es peligroso. Soñar te recuerda que estás perdido.

Somos Teseos sin ovillos.
Y no porque se nos haya caído.
Porque nos entrenaron a soltarlo.

El ovillo era ahorro.
Era tiempo.
Era volver.

Era saber que si te perdías, había una forma de regresar. Hoy no hay regreso, hay refinanciación. No hay vuelta, hay cuotas. No hay proyecto, hay parche. Y así el laberinto no necesita Minotauro visible: alcanza con el miedo a no llegar.

Plutarco comparaba Atenas y Roma. Pero lo hacía desde una grieta moral. Atenas como ensayo, Roma como estructura. Atenas como pregunta, Roma como respuesta cerrada. Hoy esa tensión sigue viva. Nos hablan de democracia mientras vacían los derechos. Nos hablan de libertad mientras nos atan con contratos invisibles.

La filosofía duda.
La religión colonizadora ordena.

Una pregunta abre caminos.
Un dogma construye muros.

Y el laberinto está hecho de dogmas modernos. De verdades económicas presentadas como leyes naturales. Como si el hambre fuera una tormenta y no una decisión. Como si la deuda fuera clima y no arquitectura.

Hablo desde Teseo porque no soy rey. Porque no diseño el plano. Porque camino. Porque me equivoco de pasillo. Porque choco. Porque me canso. Porque a veces creo que el monstruo soy yo por no poder más.

Ese es el triunfo de Minos: que el laberinto te haga sentir culpable.

Culpable por no ahorrar.
Culpable por no rendir.
Culpable por no llegar.

Y mientras tanto, Minos sueña. Sueña con conocer a Rómulo. Sueña con una Roma nueva. No de mármol, de silicio. Una Roma con inteligencia artificial. Una Roma que no dude. Una Roma que prediga. Una Roma que administre vidas como datos.

Roma siempre quiso eternidad.
Ahora quiere eficiencia.

Quieren una Roma donde el conflicto sea error del sistema. Donde la pobreza sea una mala estadística. Donde la política sea un algoritmo. Donde el humano estorbe. Porque el humano siente, se equivoca, se organiza, recuerda.

El ovillo molesta porque conecta pasado con futuro.
La inteligencia artificial prefiere presente eterno.

Pero hay algo que no termina de cerrar. Porque aunque nos acostumbren a perder el ovillo, siempre hay quien recuerda que existió. Y ahí aparece otra figura. No el héroe. El costurero.

Para algunos, el deber ya no es encontrar el propio ovillo. Eso ya es difícil. El deber es construir máquinas de coser. Máquinas precarias, humanas, colectivas. Palabras, encuentros, organización. Máquinas para unir ovillos perdidos.

Porque un ovillo solo no alcanza.
Pero muchos ovillos cosidos hacen tela.

Y la tela permite otra cosa: permite tejer una escalera. No para salir por la puerta, porque la puerta siempre la controla Minos. Para salir por arriba del laberinto. Por donde no miran. Por donde no calculan.

Salir por arriba no es escapar.
Es dejar de obedecer el plano.

Salir por arriba es recuperar el tiempo.
Es volver a construir.
Es volver a creer que no todo está perdido.

Plutarco sabía que las vidas no se repiten, se deforman. Hoy somos Teseos sin épica, pero con memoria rota. Y aun así, algo insiste. Algo no se deja domesticar del todo. Algo que no entra en el algoritmo, ni en la Roma artificial, ni en el grito de libertad vacío.

Ese algo es el hilo.
Aunque esté perdido.
Aunque esté roto.

Desde esa grieta hablo. No para cerrar nada. No para dar respuestas. Para decir que el laberinto existe, que el monstruo tiene nombre, que el rey miente cuando grita libertad, y que la salida no es individual.

Somos Teseos.
Pero no estamos solos.

Y mientras alguien siga cosiendo, la Roma de inteligencia artificial seguirá siendo un proyecto.
Nunca una vida.

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