Tierra de guapos
«Hay algo que no estás entendiendo». Con esta frase, y la explicación subsiguiente, puedo resumir el cúmulo de experiencias que he vivido el último fin de semana en Pinto, Santiago del Estero. El Mundial de Potreros no es solo un torneo, es quizás la expresión máxima de la pasión futbolística, donde cada equipo lleva al límite su resistencia física y mental. Desde el pitazo inaugural del primer partido, con un animado equipo «Alumni B», hasta el último penal de la final transcurrieron poco más de 50 horas; en esas horas se disputaron más de doscientos enfrentamientos de manera ininterrumpida en 4 canchas sedientas de gloria. En cada derrota crujían almas,sueños leudados kilómetro a kilómetro de ruta, que terminaban descuartizados en 40 minutos. Sin embargo, en esta tierra de guapos el coraje se agiganta, persistían aquellos que, más allá de tener confianza en sí mismos, tenían fé en sus compañeros, y apostaban al reenganche del segundo día para perseguir la gloria. Yo solo observaba, estaban todos, pagando el reenganche con billetes arrugados, comprando una segunda entrada a la carnicería lírica del fútbol.
El primer día, mientras hablaba con un organizador y el sol calcinaba de atrás se acercaron dos muchachos que caminaban diferente, eran los campeones del año pasado. Antes de que nos alcanzaran el pinteño me dice «Estos dementes no negocian. El año pasado en la final el otro equipo quería ‘arreglar’ y repartir la guita, pero ellos se plantaron: querían la copa o nada». Ya en la ronda entre saludos, chistes, gastadas y anécdotas me confirmaron ‘’No me importa la plata, quiero ganar’’ mientras desenfundaba su celular y me lo refregaba en la cara diciendo ‘’Mirá la vitrina que le hicimos para este trofeo’’, era un altar artesanal , erigido únicamente para custodiar esa copa teñida de garra y barro.
La trinchera de la organización
Sí, los jugadores tenían que estar siempre listos para batirse a duelo, pero la organización tenía el lomo curtido de tanto resistir el peso del torneo. La madrugada del primer día, es decir, unas quince horas antes de que suene el primer silbato, vi como el presidente del club y su equipo calibraban el enorme engranaje que hace que el campeonato ruede. Loteando pulseras, camisetas, cerca de las 3 a.m el presidente del club me dijo «Voy a acostarme. A las 7:30 abrimos las inscripciones para los equipos, llegate cuando quieras». No sé cuánto más duró la vigilia del resto; yo me fui unos minutos después, había que descansar para el día siguiente.
Mientras tanto, afuera el pueblo se preparaba, al amanecer del sábado hordas de colectivos empezaron a desembarcar, saturando calles e invadiendo cualquier terreno disponible. Como una plaga brotaron carpas por los jardines y patios de los vecinos, por unas largas horas se borró el límite entre lo público y lo privado. Y de fondo, en medio de la anarquía organizada, el ritmo de guaracha al palo que retumbaba y marcaba el pulso.
Después de cumplir con la exigencia biológica del descanso partí rumbo al club bajo un sol santiagueño que no pide permiso ni perdón. La calma antes de la tormenta fue breve. Al mediodía el presidente del club me reclutó para la trinchera, se acercó y me dijo: «Necesito una mano en el cobro de inscripciones». La vorágine terminó cerca de las cuatro de la tarde, habían pasado por la ventanilla 157 equipos; 157 delegados que, planilla en mano, estaban listos para ingresar al sorteo, como quien irrumpe en un templo para reclamar lo que le pertenece.
La democracia del potrero
El encargado del sorteo dominaba el escenario con una autoridad casi eclesiástica,empoderado con micrófono en mano y con la firmeza de un maestro de primaria tomaba asistencia, estaban todos, el país comprimido en un salón. Un hachero de Los Juríes podía medir su mirada con la de un obrero metalúrgico de La Matanza, ¿En qué otro lugar de la Argentina pueden batirse a duelo estos mundos si no es en un potrero? ¿Acaso existe otra pasión que pueda aunar esta garra acumulada y reprimida durante todo un año, para soltarla en un fin de semana de furia?.
En medio del tumulto, escuché el susurro de la realidad económica «Estoy sorprendido de la cantidad de equipos»,le comentó un encargado de depósito a un jugador, la respuesta fue un diagnóstico preciso de la crisis y el deseo: «Creo que esto de hacerlo en noviembre y no en octubre-como siempre- les dio más tiempo de ahorrar.Ese fue mi caso, para octubre no llegaba, pero ahora puedo estar». Ahí comencé a comprender un poco de este universo: en el obreraje, en el gauchaje y la paisanada, la pasión es un asunto muy serio, se lo debe cuidar y financiar con el sudor de meses, se ahorra cuánto sea necesario, no para comprar cosas, sino para comprar la oportunidad de conocer los límites propios del cuerpo y la entrega, aún sabiendo que esa inversión puede esfumarse en un mal segundo tiempo de 20 minutos, una lesión, una discusión con el árbitro. Para ellos, no hay otro camino, el único lujo irrenunciable es medirse con los mejores.
Ruleta eterna y tierra sagrada
En los alrededores de las cuatro canchas estaban los otros jugadores: «¡Pago el esquinazo!» «¿Pa' dónde pátia? ¡Pago treinta, cuarenta, cincuenta mil!» eran los gritos constantes en el casino de tierra. Después de una derrota dura e inesperada un pícaro le pregunta a un hombre que se agarraba la cabeza con tanta rabia que, de haber tenido pelo, se los arrancaba: «Che, ¿te quedó algo para la nafta?» Si dentro del campo están los veintidós gladiadores dándolo todo, afuera están los otros jugadores, que tiran la moneda al aire y hacen girar la ruleta eterna durante todo el campeonato.
A eso de las diez de la mañana, la oferta de desayuno empezaba a desafiar la dieta: fernet con empanadas, el combustible indispensable para continuar viendo los partidos.
El pueblo entero marcó asistencia en los enfrentamientos de cada equipo local: alentaba, puteaba y silbaba a los rivales.Este año la mística no alcanzó, la derrota, igual de amarga que la cerveza, no logró quebrantar los ánimos, todos saben que hay cientos de torneos por delante para cortar la mala racha, torcer la tradición y coronarse campeones.
Cada final de zona fue una carnicería para alcanzar la semifinal. Al terminar ese trance un jugador, manoteó un puñado de tierra y sentenció: «La tierra santiagueña es una gloria» mientras festejaba su pase a semifinal, y ya tenía asegurado un porcentaje del botín que muchos anhelaban. Para el lunes a la noche, el reloj biológico ya marcaba el límite: habían pasado 52 horas de combate. Los finalistas, dos ejércitos agotados, hicieron un pacto de caballeros para jugar un partido corto y buscar el triunfo en los penales. El destino fue
generoso con aquel jugador que había entendido que la gloria no estaba en el cielo, sino en esa tierra que tenía en el puño.
Agradezco al destino que hizo suspender el campeonato en octubre y permitió que, en noviembre, pueda ser testigo. Creo que cuando los conocedores del fútbol intentan captar la esencia primigenia de nuestra cultura, cierran los ojos y se imaginan lo que se vive en Pinto año a año: una pelota, una cancha pisoteada y un arco.