Yo intenté escribirle a Cristina la canción más linda del mundo para ayudarla a luchar contra los poderes fácticos, la persecución continua de los medios de comunicación y la justicia corrupta pero no lo logré. Quizás mi amor no fue suficiente para defenderla de los intentos de proscripción que finalmente consiguieron su objetivo.
Yo intenté escribirle a Cristina Fernández de Kirchner la canción más linda del mundo. Una melodía que pudiera ser escudo, rezo, bandera; algo que la defendiera del plomo invisible de los editoriales y de las balas que quisieran matarla, del filo impune de los jueces que no juzgan sino que ejecutan el mandato del poder real, oculto tras las sombras.
Quise que mi canción fuera un hechizo amoroso contra el lawfare, esa maquinaria tan prolija como despiadada, aceitada con titulares y con miedo. Pero no lo logré. Fracasé estrepitosamente en mi intento. Quizás lo que haga no sea suficiente, o quizás todo está ya demasiado podrido. No lo sé. Ni idea. Tal vez lo mío fue apenas una hermosa rosa arrojada al fuego embravecido.
Este trap folk surgió pasional entre las horas con una base sampleada de zamba y mi voz limpia y sin autotune encima. Me brotó de adentro como un grito íntimo. La escribí un día de los enamorados porque entiendo que ella enarbola los mejores sentimientos del ser amado. Es que Cristina es eso: el amor hecho política. El deseo de una patria que no se arrodille ante el FMI y los organismos multilaterales de crédito. Sin embargo no alcanzó. No. No fue suficiente.
En algunas partes de la canción repite estas palabras como mantra:
"Sos mi única heroína:
Eva Duarte de Argentina.
No sé si habrá otra mina
que tenga tanto aguante,
aunque Cristina da batalla
a la realidad amenazante
siendo locuaz y elegante,
abrazando mi convicción.
Muchos ponemos corazón,
acompañando sus ideas.
Lo que pasa es que aún nos duele
el legado de Videla / Massera".
Este trap folk lo escribí convencido de que las canciones pueden ser trincheras, de que un estribillo puede valer más que cien editoriales. De que el amor, dicho de frente, puede incomodar más que cualquier panfleto. Y aunque no logró impedir su proscripción, aunque la causa armada se impuso sobre la voluntad popular, esta canción existe y resiste. Nació del espanto, sí. Pero también del deseo de verla libre, de verla sonriendo otra vez en un balcón.
Por eso, hoy, con el alma caliente y las convicciones intactas, escribo estas palabras que me salen desde lo más profundo del amor por la democracia y por Cristina Fernández de Kirchner, mujer faro de nuestra historia, compañera imprescindible, madre política de millones.
Hoy es un día triste pero no de derrota. Hoy asistimos a una de las decisiones judiciales más vergonzosas desde la recuperación democrática en 1983. La condenaron sin pruebas. La condenaron con odio. La condenaron por haber transformado la Argentina desde el amor y la política popular.
Lo que pasó no es justicia. Es venganza. Una operación orquestada por los mismos poderes que siempre odiaron que el pueblo coma, estudie, vuele. Cristina no cometió delito alguno. Lo saben, lo sabemos. No hay acto típico, ni antijurídico, ni culpabilidad. No hay beneficio personal, ni participación en nada ilícito. No hay más que conjeturas armadas, inferencias tendenciosas, y un relato que jamás estuvo en el expediente.
Esta no es una sentencia judicial. Es un panfleto armado para proscribir. Para acallar. Para intentar quitarnos a quien nunca pudieron comprar ni arrodillar.
Cristina representa la justicia social, la soberanía política, la independencia económica. Y por eso la quieren fuera del tablero. Porque no pertenece al sistema de privilegios que gobierna desde las sombras. Porque no les tiene miedo. Porque los mira a los ojos. Porque les dijo que no.
La persecución judicial no es solo contra ella. Es contra el proyecto político que se atrevió a soñar una Argentina para todos. Contra quienes creemos que otro mundo es posible. Contra los que militamos con alegría y convicción.
Cristina no fue juzgada: fue condenada de antemano por un tribunal funcional a los intereses del poder real. Lo que está en juego no es su nombre, ni su libertad solamente: lo que está en juego es la democracia. La salud misma de nuestro sistema republicano.
Esta causa viola el artículo 14 del Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos. Viola la presunción de inocencia. Viola todo principio de imparcialidad. Y convierte al Poder Judicial en una herramienta de disciplinamiento político.
Pero no nos van a quebrar.
La lucha continúa. Y será internacional. Ya lo dijo su abogado: Gregorio Dalbón.
Vamos a activar todos los mecanismos de revisión jurídica global:
– La Corte Interamericana de Derechos Humanos.
– El Consejo de Derechos Humanos de la ONU.
– La Corte Penal Internacional.
– Cada espacio jurídico donde se defienda el Estado de Derecho y los Derechos Humanos.
Porque cuando la justicia se convierte en herramienta del poder económico y mediático, lo que nace es una dictadura encubierta. Una dictadura sin botas, pero con micrófonos, togas y fallos escritos en redacciones.
Cristina no está sola. Nunca lo estuvo. La historia ya la absolvió. El pueblo ya la abrazó. Y el mundo entero va a saber lo que acá está pasando: una persecución política disfrazada de legalidad.
Por eso lo decimos con fuerza, con ternura rabiosa y con el corazón en alto:
Condenaron a una inocente.
Donde no hay justicia, habrá lucha.
Donde haya injusticia, ahí vamos a estar, firmes, dignos y de pie.
Esta sentencia no es legítima.
Los jueces tampoco.
Todo esto recién empieza.
Nos quieren proscribir y han despertado las inquietudes de todo un pueblo que no puede elegir libremente a sus representantes.
Quizás fracasé al hacer esta canción nueva. Quizás no. Es algo que a priori no puedo determinar.
Sin embargo hay voces que lo dicen mejor que yo y que cantan "La canción más linda del mundo". Osvaldo Bossi, por ejemplo.
LA CANCIÓN MÁS LINDA DEL MUNDO *
Anoche mamá se me apareció
en un sueño. Alegre como una muchacha
de veinte, y ya había pasado los setenta.
Me dijo: Vine a decirte que estoy bien.
Que los muertos no nos pasamos
la eternidad echados panza arriba
mirando la noche. Que trabajamos
mucho, me dijo, para que allá en
la tierra no falte el pan, ni un techo
digno, para los que menos tienen.
Y donde se abre un corazón herido,
ahí estamos, para barrer la oscuridad.
Yo ya no limpio casas, mugre ajena, para
sobrevivir, pero abro todos los días
una cocina de luz donde amasamos
el pan. Es que en el cielo no hay injusticias.
Se terminó. Acá en el Cielo somos todos
peronistas, Os. Creeme. Ni los ricos ni los gorilas,
como dice la profecía, entran. Sólo los de buen
corazón. Los de buen corazón… repetía
mi mamá. La voz amplificada, como en una
película de Leonardo Favio. Qué hermoso
todo lo que me decís, mamá. Qué hermoso.
Le decía yo, llorando. Que hermoso. Pero no
llores, me decía ella. Pronto voy a volver.
Ahora tengo que hacer unos guisitos para
los chicos del barrio. Y vos sabés que hago
unos guisos fabulosos. Si mamá, siempre
me acuerdo de tus guisitos, le decía yo
a mi mamá, llorando, mientras ella
cruzaba el cielo a toda velocidad, cantando,
como no podía ser de otro modo, la marcha
peronista. La canción más linda del mundo,
según Dios y según mi mamá, que picaba
la cebolla y cantaba, cantaba, como una loca,
todos unidos triunfaremos, muerta de risa
como ahora, en su panadería de luz.
* De "Agüita Clara", editorial Gog y Magog.