Hoy no solo educa la escuela. También educan las plataformas, el algoritmo, la velocidad, la repetición. Y cuando la mentira deja de ser excepción y empieza a funcionar como ambiente, como hábito y como pedagogía, lo que está en disputa ya no es solo la verdad de los hechos, sino la formación misma de la conciencia adolescente.
Por Leandro García Pérez
Durante demasiado tiempo se habló de la desinformación digital como si se tratara de un problema secundario: un exceso de ruido, una falla del sistema, un conjunto de noticias falsas flotando en el desorden de internet. Pero esa lectura ya no alcanza. La desinformación no opera solo como un error informativo; opera como una tecnología de formación. No solo engaña: orienta. No solo distorsiona hechos: organiza percepciones. No solo confunde: moldea sensibilidades, administra temores, distribuye prejuicios y modela modos de reaccionar ante el mundo.
Por eso el problema no puede pensarse únicamente en términos de verdad y falsedad. Hay algo más profundo en juego. Lo que hoy se disputa es la posibilidad misma de formar criterio en medio de una cultura saturada de estímulos que buscan producir impacto antes que comprensión. La mentira contemporánea ya no necesita presentarse siempre como falsedad grosera. Su eficacia mayor pasa, más bien, por naturalizar climas, ritmos y disposiciones afectivas. Se vuelve consejo, video breve, comentario repetido, imagen que parece inocente, dato que circula sin contexto. Y en ese movimiento va enseñando algo. Enseña a mirar. Enseña a juzgar. Enseña, incluso, a temer y a desear.
Eso se vuelve especialmente grave en la experiencia adolescente. Porque allí la conciencia todavía está en formación y porque, justamente por eso, la exposición permanente a un sistema de contenidos sin mediación no deja intacta la subjetividad. El trabajo realizado con estudiantes de secundaria durante el último año mostró una escena que conviene leer con seriedad. No apareció una generación ingenua ni completamente entregada a lo que ve en redes. Pero tampoco apareció una generación sólidamente equipada para resistir ese flujo. Lo que apareció fue una juventud hiperconectada, con intuiciones lúcidas, con cierta sospecha respecto de lo que consume, pero todavía sin herramientas firmes para verificar, contrastar y sostener un criterio propio.
Y acá hay que decir algo importante: la sospecha, por sí sola, no alcanza. Desconfiar no es pensar. Intuir que algo no cierra no equivale a poder desmontarlo. Sin método, sin lenguaje, sin mediación pedagógica, la sospecha puede degradarse en cinismo, en apatía o en simple reflejo. Ese es uno de los triunfos culturales de este tiempo: haber logrado que muchas veces la crítica sea reemplazada por una desconfianza dispersa, incapaz de transformarse en pensamiento elaborado. Se sabe que hay manipulación, pero no siempre se sabe cómo funciona. Se percibe el engaño, pero no siempre se tienen herramientas para leer sus mecanismos.
Los datos vinculados a la salud hablan por sí mismos: El 85% de los adolescentes consideró peligroso confiar en recetas o métodos relacionados a la salud (puntualmente a bajar de peso) difundidos a través de las redes sociales. Solo un 15% los percibió como seguros. A simple vista, podría parecer una señal tranquilizadora. Pero el problema no empieza únicamente cuando una mentira es creída. Empieza antes: cuando logra instalar el marco desde el cual los adolescentes piensan su propio cuerpo. Porque la desinformación, en este terreno, no vende solamente falsedades; vende ansiedad, urgencia, promesa de corrección inmediata. Antes incluso de ser aceptada como verdad, ya produjo un daño: se volvió natural una relación de malestar con el cuerpo.
Ese punto es decisivo. La operación más eficaz de la mentira no consiste siempre en imponer una falsedad evidente, sino en volver normal una forma de sufrimiento. Hacer sentir que el cuerpo nunca alcanza. Que siempre hay algo que corregir, que ajustar. Donde debería haber cuidado, aparece mandato. Donde debería haber tiempo, aparece urgencia. Donde debería haber reflexión, aparece la receta y el facilismo. Y cuando eso se instala en la experiencia adolescente, la mentira deja de funcionar solo como contenido falso: pasa a funcionar como pedagogía del malestar, como la condición y la forma misma de ser en el mundo.
Algo semejante ocurre en el eje de inclusión y neuro divergencias. El 43,6% de los adolescentes dijo encontrarse con este tipo de contenidos rara vez y el 34,5% solo a veces. La diferencia, entonces, no ocupa un lugar central en la circulación digital cotidiana. Pero cuando aparece, muchas veces aparece mal. El 52,7% sostuvo que esa información es “mayormente verdadera”, aunque con reservas; el 29,1% la consideró dudosa; el 58,2% reconoció conocer mitos o casos falsos sobre personas divergentes; y el 63,6% admitió que la desinformación puede generar actitudes negativas hacia ellas. Los números muestran más que un déficit de información: muestran una trama persistente de invisibilización y distorsión.
Y conviene decirlo sin eufemismos: el prejuicio contemporáneo no siempre llega como odio explícito. Muchas veces entra como comentario, como estereotipo, como simplificación, como media verdad repetida hasta volverse sentido común. Esa es una de las formas más eficaces de la violencia simbólica de este tiempo: su capacidad para volverse normal (normalizadora). La desinformación cumple allí una función central. No solo oculta o deforma realidades sino que fabrica miradas, modos de ser. Y una sociedad termina mirando de la forma en que aprende a nombrar.
No es menor, en este marco, que el 69% de los adolescentes considere que las instituciones educativas están solo parcialmente preparadas o muy poco preparadas para alojar la diversidad de manera plena. Ese dato no habla únicamente de infraestructura o recursos. Habla también de una percepción más honda: la de una escuela que muchas veces todavía no logra responder del todo a las complejidades del presente. Y cuando la escuela no logra ofrecer lectura, orientación y lenguaje frente al ruido contemporáneo, otros ocupan ese lugar.
Porque allí donde la escuela se repliega, avanzan las plataformas. Allí donde la docencia no media, media el algoritmo. Allí donde no se enseña a verificar, alguien enseña a creer. Pensar que el problema es solo tecnológico es una manera facilista de evitar su dimensión política y cultural. Lo que está en disputa no es simplemente la calidad de la información que circula, sino el tipo de sujeto que se forma en esa circulación: un sujeto ansioso, fragmentado, emocionalmente disponible para el impacto, pero cada vez menos entrenado para la elaboración crítica.
Los datos sobre redes sociales y contenidos manipulados con inteligencia artificial refuerzan esa escena. Más del 85% usa redes con mucha frecuencia, principalmente con fines de entretenimiento. Y este punto, que a veces se subestima, es decisivo. Porque hoy una parte central de la formación de creencias no entra por la vía del conocimiento, sino por el camino aparentemente liviano del ocio. Entra mezclada con humor, música, impacto visual, frases cortas, consumo rápido. Entra cuando la vigilancia crítica está baja. Y sin embargo ahí también se aprende. Se aprende a reaccionar, a compartir, a creer, a repetir.
El gran truco de los poderes que digitan nuestro presente es haber disuelto la frontera entre entretenimiento y formación. Mientras alguien cree que solo pasa el tiempo, también está siendo moldeado. Mientras desliza entre reeles e historias de las plataformas de redes sociales, algo se va sedimentando: una sensibilidad, un ritmo, una noción del otro, una jerarquía de lo visible, una forma de relacionarse con la verdad. Por eso ya no alcanza con subestimar el ocio digital como si fuera banalidad pura. Allí también hay pedagogía. Y probablemente una de las más eficaces.
La paradoja es fuerte. Los adolescentes saben que no todo lo que circula en las redes sociales es confiable. Hay percepción del riesgo. Hay intuición del engaño. Pero esa percepción todavía no se traduce en prácticas sostenidas de verificación. El 71,4% no conoce herramientas de fact-checking. Nadie afirmó utilizarlas regularmente. Frente a publicaciones falsas, la reacción predominante no es investigar ni advertir: es ignorar. Y cerca de un tercio reconoció haber compartido alguna vez algo que luego resultó ser falso. No estamos, entonces, ante una falta de inteligencia. Estamos ante una falta de mediación. No falta capacidad para pensar; falta formación para hacerlo en este nuevo territorio.
Es ahí donde la tarea docente recupera toda su densidad. Enseñar hoy ya no puede reducirse a transmitir contenidos ni a repetir la advertencia vacía de que “no todo lo que está en internet es verdad”. Esa frase, por sí sola, ya no forma a nadie. Lo que hace falta es otra cosa: formar criterio. Enseñar a detenerse en una cultura organizada por la velocidad. Enseñar a interrogar la fuente, el contexto, la intención, la puesta en escena, la construcción de verosimilitud. Enseñar que dudar no es desconfiar de todo, sino sostener una relación más rigurosa con la verdad. Enseñar, en definitiva, a no arrodillarse ante lo primero que impacta.
Porque la disputa de fondo no es solamente tecnológica. Es ética, cultural y política. Se juega en la manera en que una generación distingue entre información y manipulación, entre visibilidad y estigmatización, entre prueba y espectáculo, entre verdad y viralidad. En una palabra: está en disputa el concepto mismo de lo real. Se juega en la posibilidad de que los adolescentes no queden abandonados a un sistema que captura atención pero no forma pensamiento. Se juega en la defensa de una conciencia capaz de no confundir intensidad con verdad ni circulación con legitimidad.
Los adolescentes no son recipientes vacíos ni sujetos puramente pasivos, no son una tabula rasa. Perciben contradicciones. Intuyen engaños. Reconocen que ciertas narrativas dañan. Pero nada de eso madura solo. La conciencia crítica no brota espontáneamente de la hiperconectividad. Requiere trabajo, lenguaje, tiempo, acompañamiento, conflicto, lectura, conversación, escuela. Requiere docencia. Requiere adultos dispuestos a intervenir ahí donde el mercado de la atención pretende educar por defecto.
Y hay que nombrarlo sin rodeos: el mercado de la atención también educa, solo que educa para otra cosa. Educa para la dispersión, para la impulsividad, para la obediencia al impacto, para la confusión entre intensidad y verdad. Si la escuela renuncia a disputar ese terreno, no queda al margen: pierde. No es que se preserve pura frente al ruido; simplemente abandona a los adolescentes a una pedagogía privatizada cuyos fines no son emancipatorios, sino extractivos, mercantiles.
Por eso conviene nombrar el problema con claridad y sin versos. No se trata solo de que los adolescentes estén expuestos a la desinformación. Se trata de algo más grave: están siendo formados por ella. Allí donde no se enseña a verificar, alguien enseña a creer. Allí donde no se enseña a pensar, alguien enseña a reaccionar. Allí donde no se ofrece lenguaje para nombrar el mundo, alguien ofrece slogans, clichés y automatismos afectivos para ocupar ese lugar.
Y entonces la pregunta deja de ser pedagógica. Se vuelve una pregunta por el mundo. Porque cuando la mentira ocupa el lugar de la enseñanza, lo que está en riesgo no es solo la verdad de una noticia, de una imagen o de un dato. Lo que empieza a quebrarse es algo más profundo: la posibilidad misma de compartir una realidad común.
En tiempos de ruido, simulacro y velocidad, enseñar no es apenas transmitir saberes. Es defender la posibilidad del pensamiento. Es sostener que no todo da lo mismo. Es impedir que una generación aprenda a repetir antes de comprender, a reaccionar antes de pensar, a adherir antes de preguntar. La tarea docente sigue siendo, quizás, una de las pocas formas concretas de resistencia. Y también una de las últimas defensas serias de la verdad.