No llegó de golpe. No fue una bomba ni un estruendo. Llegó como llegan las decisiones que no se anuncian en voz alta, esas que entran por la rendija de la costumbre mientras la memoria intenta no gritar. Llegó como llegan las cosas que quieren parecer normales: en papeles prolijos, en palabras técnicas, en promesas de orden. Llegó con traje moderno, pero con olor viejo. Un déjà vu que la memoria del cuerpo reconoce antes que la cabeza.
Dicen que es reforma. Pero cuando uno mira de cerca, cuando se saca los lentes del noticiero y afloja un poco la corbata del miedo, lo que aparece no es una mejora: es una deformación. Una torcedura lenta del trabajo, del tiempo y del cuerpo que trabaja.
El trabajo siempre fue más que un salario. Fue pan, fue mesa, fue historia compartida. Fue la manera en que los viejos se ganaron el cansancio y los jóvenes aprendieron a nombrar la dignidad. Fue identidad, fue encuentro, fue organización. Por eso, cada vez que se quiso disciplinar a un pueblo, se empezó por ahí. En 1976 lo hicieron con botas, listas negras y miedo explícito. Hoy no hacen falta botas: alcanza con firmas prolijas, con tecnicismos y con un lenguaje que pretende borrar la sangre de la memoria colectiva. Hoy lo hacen con decretos, con artículos, con porcentajes. Cambiaron las formas, no el objetivo.
La Deforma Laboral no viene sola. Viene acompañada de protocolos, de urgencias inventadas, de leyes bases que se clavan como estacas en el suelo. Todo para que el trabajador vuelva a agachar la cabeza, para que el sindicato deje de ser abrazo y se convierta en recuerdo.
Primero le sacan el aire a las organizaciones, como quien aprieta despacio un cuello para que no se note el ahogo. Desfinanciar, fragmentar, dividir. Vieja receta, nuevo envase. Les quitan recursos, las fragmentan, las ponen a competir entre sí. Sindicatos de empresa contra sindicatos de actividad. Todos contra todos. Porque un trabajador solo es más fácil de doblar. Porque la unidad siempre molesta.
Después tocan los convenios. Eso que garantizaba un piso común, una red debajo del trapecista. Ya no. Ahora todo vence, todo caduca, todo se renegocia hacia abajo. Lo nuevo siempre puede ser peor que lo anterior. El progreso entendido como retroceso con marketing.
La tutela sindical se achica. El delegado se vuelve frágil. Diez horas para defender a muchos, como si la dignidad se pudiera fichar. El mensaje es claro: participar tiene costo, organizarse tiene castigo.
Y la huelga… la huelga queda escrita pero vacía. Permitida en los papeles, castigada en la práctica. Una huelga que no interrumpe, que no molesta, que no incomoda al poder, deja de ser huelga y pasa a ser decoración democrática. Servicios esenciales por todos lados, porcentajes imposibles, permisos, sanciones. Huelga permitida, pero que no moleste. Protesta legal, pero silenciosa. Un grito con bozal.
La jornada se estira y se encoge según la necesidad del patrón, no según la vida del que trabaja. El reloj ya no marca horas: marca obediencia. El cuerpo paga con cansancio lo que otros llaman flexibilidad. Hoy doce horas, mañana cuatro. El cuerpo nunca sabe cuándo descansar, la vida no encuentra rutina. No hay tiempo para el ocio, para el deseo, para la familia. Se trabaja más, se cobra menos y se vive cansado.
El salario también se vuelve incierto. Méritos, premios, pagos que aparecen y desaparecen. No son derechos, son favores. Y cuando el salario deja de ser derecho, el miedo empieza a pagar el alquiler.
Las vacaciones ya no descansan. Se fraccionan, se mueven, se suspenden. El descanso deja de ser reparación y se convierte en trámite. Hasta enfermo, el cuerpo tiene que volver.
Las indemnizaciones se achican, se promedian, se licúan. Como si la historia laboral fuera un detalle contable. Como si el desgaste no dejara marcas. Incluso se propone que el propio trabajador financie su despido: una ironía cruel que la memoria obrera reconoce sin necesidad de explicaciones. Incluso se propone que el propio trabajador financie su despido. La paradoja perfecta: pagar por ser echado. Y si llega, llega en cuotas. Hasta el final viene financiado.
Las mujeres, otra vez, las más golpeadas. Porque cuando el sistema ajusta, siempre empieza por donde cree que duele menos. Se borran protecciones conquistadas con años de lucha, como si nunca hubieran existido. Se borran protecciones, se eliminan cuidados, se precariza lo que ya era frágil. El trabajo doméstico queda afuera, como si no fuera trabajo. Como si cuidar no produjera valor.
Muchos quedan directamente excluidos. Plataformas, contratos civiles, casas particulares. Trabajadores sin ley, sin amparo, sin red. El empleo se disfraza de independencia y la explotación se vuelve moderna.
También caen estatutos, conquistas históricas, derechos específicos. Periodistas, viajantes, teletrabajadores. Se borra la desconexión, se borra el límite, se borra la frontera entre vivir y trabajar.
Y como frutilla del postre, se elimina aquello que decía: ante la duda, a favor del trabajador. Ahora la duda se resuelve contra el más débil. Siempre.
La Deforma Laboral no es solo un conjunto de artículos. Es una pedagogía del miedo suave, una forma de educar en la resignación. Enseña a agradecer lo que antes era derecho y a callar lo que antes era reclamo. Es una forma de entender la vida. Una vida donde el tiempo no es propio, donde el cuerpo es recurso, donde la organización es sospecha. Una vida donde trabajar vuelve a parecerse demasiado a sobrevivir.
No es nueva. Ya la vimos. Ya la sentimos. Por eso duele más. Porque la historia avisa, pero el poder insiste.
No es reforma. Es deformación. Y la memoria lo sabe, aunque intenten cansarla. Porque cada derecho perdido ya fue una pelea ganada alguna vez. Y cuando el trabajo se deforma, también se deforma la vida.