La gorrita ya decía todo.
Si estaba puesta, era jueves. No había mucho que explicar. Éramos vecinos de Lascano, y en Lascano las cosas funcionaban así, por señales.
Yo venía llegando a la esquina de Lascano y Gavilán, tranquilo, como quien llega a algo que ya empezó antes. Al lado de mi casa estaba la carnicería. Don Jorge los miércoles dejaba todo listo, porque el jueves a la mañana se pasaba, se agarraba lo que correspondía y se seguía. Sin vueltas. La confianza también se hereda en los barrios.
Las bebidas eran cosa de Don Diego. Siempre.
Doña Tota se ocupaba de las ensaladas. Nadie preguntaba quién llevaba qué, porque cada uno ya sabía cuál era su lugar. No era organización, era costumbre.
Ese día Dieguito no tocaba la pelota.
Ese día estaba serio. Jugaba con el fuego. Se movía entre la parrilla y la gente, servía el asado, hablaba, miraba las brasas. Estaba en lo suyo. Era un gran anfitrión, de esos que no hacen ruido pero sostienen todo.
Todo venía bien.
Demasiado bien, quizá.
La cara de la foto no es emoción ni nostalgia.
Es otra cosa.
Es el momento exacto en que caí: me había olvidado de comprar el carbón.
Así, simple.
Carne había. Gente también. Ritual completo.
Pero sin carbón.
Y ahí entendés que el barrio perdona muchas cosas, menos cuando te olvidás de lo más básico.